Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

viernes, 29 de mayo de 2009

Experiencias.

Era la típica tarde de domingo, la cual se extiende y se extiende, en la que las horas reposan tranquilas en su correspondiente aguja de reloj. La verdad, no sé muy bien cómo llegamos a esa situación. Entre besos, miradas y demás, agarras mis manos y las llevas hasta tu tripa. Me gusta, está calentita. Observo tus ojos, tienen un brillo especial. Sonrío, sonríes, y empiezas a subir mis manos por debajo de tu camiseta. Asciendo, guiado por ti. Noto algo que se alborota en mi pantalón, mas intento ignorarlo. Intento fallido, por supuesto, al menos eso es lo que piensa mi cabeza cuando dejas mis manos en tus pechos. No llevas sujetador, y esa idea me excita todavía más. Me guías con suaves movimientos, hasta que al fin dejas mis manos libres, libres para pasar las yemas de mis dedos por tus pezones, libres para poder acariciar tus pechos, aunque eso no es suficiente. Te subo un poco la camiseta, hasta que esos “frutos prohibidos” quedan al descubierto para mí. Acerco la cabeza poco a poco, y cuando estoy lo suficientemente cerca, empiezo a lamer tus pezones. Lo hago lentamente, cogiéndolos con cuidado con los labios y pasando la puntita de la lengua por ellos, besándolos, succionando, sé que te encanta. Cada vez su dureza va aumentando, al igual que tu respiración, que está terriblemente acelerada. Empiezo a juguetear con la lengua, con ganas, me muero por lamerte, me muero por seguir, seguir todo lo que tú quieras, seguir hasta donde tu cuerpo aguante. Me gusta mordisquearte con muchísima suavidad, mirar hacia arriba y ver el placer reflejado en tu rostro.
Era la típica tarde de domingo...




No sé si es una locura o no, lo único que sé es que, sea lo que sea, es nuestro.

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