Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

jueves, 4 de junio de 2009

Manos.

Tenías la mano colocada sobre tu tripa, y la mía estaba sobre la tuya. Nuestros dedos estaban entrelazados, jugabas con ellos, acariciabas mi piel con ternura. De repente paras, y noto cómo tu mano empieza a deslizarse hacia abajo, poco a poco... y la mía seguía sobre la tuya. Sigues bajando, con calma, como quien recorre un camino que desconoce pero por el que quiere seguir caminando. Llegas a la zona más íntima de tu cuerpo, ese cuerpo que quiero conocer mejor que a mí mismo, ese cuerpo que tanto placer me ha proporcionado. Noto el calor que desprendes, tu humedad, y me estremezco. Estar ahí, es en parte inquietante, aún así, te pregunto si puedo acariciarte. Me miras, y contestas que sí. Dejas mi mano libre, y empiezo a acariciarte con cuidado, recorriéndote con curiosidad, tal vez con demasiada curiosidad. Investigo, y me adentro más en tu interior. Siento mis dedos jugueteando dentro de ti, acariciando cada zona, estableciendo cada vez más un vínculo de confianza más fuerte. Sé que si me dejas hacer esto, es porque confías plenamente en mí. Sigo penetrándote con los dedos, sintiendo tus gemidos, notando la humedad de tu cuerpo aumentando. Recuerdo aquella vez que me comentaste lo de "es un grifo para que me corra". Estimulo esa zona con la yema de mis dedos, y cada vez gimes más y más fuerte, rozando la locura...
Tenía la mano colocada sobre mi tripa, y la tuya estaba sobre la mía...

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